Llamamos obesidad a un incremento de grasa corporal que trae consigo un incremento de peso, dando lugar a un estado no saludable. Cuando lo que es un medio para mantener el cuerpo con salud, la alimentación, se convierte en un fin o cuando ocurre de modo compulsivo (habitualmente para compensar alguna carencia personal, para tapar alguna necesidad o herida o para lograr algo de calma momentánea), se produce progresivamente este estado poco saludable.

Ocurre lo mismo en la utilización de los medios digitales y tecnológicos: cuando absorben el exceso de tiempo cada día, voluntariamente, de modo que la vida en línea reduce significativamente la vida fuera de línea, podemos hablar de obesidad digital. Hay obesidad digital, por ejemplo, cuando se está conectado de modo permanente, respondiendo continuamente a cuanto WhatsApp, SM o correos electrónico llegue, de modo inmediato; o bien, cuando alguien pasa horas y horas todos los días metido en redes sociales o con videojuegos, desplazando o reduciendo otras actividades fuera de línea. El obeso digital, por su sobrepeso digital, cada vez se mueve menos: prefiere utilizar el GPS para encontrar la panadería de la esquina o el Whatsapp para pedir papel higiénico a su familiar, en la habitación contigua, en vez de tener que levantarse y dar la voz de alarma.

El ejemplo extremo lo encontramos en los Hikikomoris, palabra japonesa con la que se designa a aquellos jóvenes que viven aislados y encerrados en su casa, viviendo su vida a través de las nuevas tecnologías, con un radical aislamiento social (pues son incapaces sociales, por desuso prolongado de las relaciones interpersonales) y cuya actividad (estudio, ocio o ‘relaciones sociales’) son totalmente mediadas por la pantalla. En caso extremo ya no sale de la habitación (o del garaje o donde haya establecido su ‘cuartel general’) ni para comer, pues cediendo cada vez más para evitar sus explosiones de ira, los familiares terminan por llevarle la comida a la puerta. Es un caso extremo de huida de la realidad por refugiarse en lo virtual, siempre menos retador y más fácil pero siempre sucedáneo de lo real.

Otra situación más general y no menos preocupante, que ejemplifica esta obesidad digital, es la de la nomofobia, que es el miedo a estar sin el móvil (o a quedarme sin batería o sin conexión o sin cobertura), con la consiguiente ansiedad e inquietud por verme privado de mi conectividad durante un tiempo. Cualquier profesor habrá sido testigo de algo así cuando a un alumno o alumna ha habido que confiscarle el móvil por utilizarlo en clase sin permiso: desarrollan una profunda angustia, inquietud, desasosiego … y por supuesto ese día sí que aparecen los padres rápidamente para recuperar el tesoro perdido.

El obeso digital ha perdido algo muy grave en el camino: la realidad. Ha dejado de hacer pie en la realidad: en la realidad física, en la realidad no transmitida por pantalla, en el paisaje real, el sonido real y el rostro real del otro. La vuelta a lo real se impone como antídoto urgente: recuperar actividades básicas de contacto con la naturaleza, consigo mismo y, sobre todo, de contacto con los otros. Pero esto pasa por una intervención traumática pero necesaria: ¡la desconexión!

Me desconecto, luego existo

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