¡Hemos aprendido mucho en poco tiempo!

Las posibilidades de interconectividad que nos ofrecían las nuevas tecnologías han sido ensayadas, utilizadas y exprimidas hasta límites nunca antes vistos. No sólo se han multiplicado exponencialmente los mensajes y videoconferencias por WhatsApp, sino que se han ensayado y utilizado otras muchas plataformas (Skype, Hangouts, ooVoo, Zoom Meeting, Google Meet, Webex, Jitsi…). Casi hay ahora más youtubers que personas, y han fluido también como nunca los vídeos y las conferencias por Zoom, Instagram, Canvas, Moodle…

Sin embargo, lo que también se experimenta es una sed, como nunca antes, de contacto directo, de encuentro, de mirarse a los ojos, de darse la mano y abrazarse, de poder quedar físicamente con los amigos. Lo virtual termina por producir una enorme nostalgia de contacto físico y una necesidad de encuentro.

Se echa de menos el encuentro con familiar, con el amigo, con el profesor o profesora. Se impone la sensación de que no hay sustituto virtual que compense la ausencia física del otro, de que la videoconferencia o el encuentro virtual son meros sucedáneos. Sin duda son útiles, y nos están aportando algo nuevo, pero también, nos recuerdan que somos corporales y que necesitamos del encuentro físico.

De modo especial, en el ámbito educativo, se están haciendo esfuerzos para que la enseñanza virtual sea cada vez más fluida y que llegue a todos. Es necesario y, como alternativa en ciertas circunstancias está muy bien. Pero nada podrá sustituir al contacto con la persona del educador, el que te mira a los ojos, te llama por tu nombre, te puede dar una palmada en la espalda en un momento bajo….

Por otro lado, la docencia virtual está trayendo, especialmente para los más jóvenes, una dificultad añadida: a las muchas horas que ya pasaban utilizando pantallas, se suman ahora los tiempos de pantalla para la docencia. Sabemos que para un 14% de nuestros niños y jóvenes esto traerá consigo un agravamiento de su adicción a las nuevas tecnologías, pero para muchos otros, problemas crecientes de déficit de atención, menor capacidad lectora y comprensiva, menor asimilación cognitiva… Y es que, con ser una buena herramienta complementaria, el aprendizaje por ordenador de modo exclusivo supone un decremento de la capacidad cognitiva de quien lo emplea y, en la mayor parte de los casos, un incremento de la desmotivación para el estudio. El informe PISA reiteradamente deja claro que el empleo único de nuevas tecnologías en educación no sólo no incrementa la capacidad lectora, sino que la disminuye y disminuye la capacidad de concentración.

¿Ha observado si su hijo o su alumno, a partir del momento en que empezó a utilizar las nuevas tecnologías de modo masivo lee más o menos? ¿Escribe más o menos? Lo que escribe ¿es más largo o menos? ¿Sus razonamientos son más elaborados o menos?  A la hora de realizar un trabajo o investigación, ¿saben consultar diversas fuentes de modo crítico o analítico, las entienden y elaboran sus conclusiones o ‘recortan y pegan’ a modo de ‘colage’? ¿Su memoria ha crecido o prefieren no memorizar porque ‘ya está todo en Google’? Ya hay muchos estudios al respecto (¡muchísimos!) pero cualquiera de nosotros, intuitivamente, ya lo puede descubrir.

Por tanto, pedagógicamente, quizás haya que poner en cuarentena la sensación de que la educación virtual, como medio exclusivo, sea la panacea.

La panacea siempre ha sido el encuentro personal, el encuentro físico, el contacto real con otra persona. Esto es lo estimulante, lo felicitante y lo personalizante.

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