Antes de afrontar cualquier herida, antes de afrontar situaciones difíciles, es necesario contar con una estabilidad y fortaleza personal. Hemos comprobado una y otra vez en nuestros acompañamientos la eficacia en nuestros acompañados de la ejecución de programas de ‘bienser’, inspirados en la psicología positiva.

LA PSICOLOGÍA POSITIVA

La psicología positiva, corriente de finales del siglo XX y comienzos del XXI, frente a otras corrientes que se centran en lo que va mal, en lo patológico, focaliza su atención en el bienestar y potencialidades de la persona. Sin duda, este era uno de los ‘giros copernicanos’ necesarios en psicología: en vez de poner el punto de mira en lo dañado de la persona, ponerlo en lo luminoso.

Pionera de la psicología positiva fue María Jahoda[1], quien expuso los criterios –de fuerte contenido antropológico- que definían lo que era la salud mental positiva, basados en la actitud positiva hacia sí mismo, el crecimiento y madurez personal, la integración psíquica, la autonomía, la percepción de la realidad y el control ambiental. Estos criterios, sirvieron como inspiradores de otros autores como Carol Ryff. Para esta última, el objetivo en psicología es centrarse en el funcionamiento humano óptimo. Y, para ello, elige diversos aspectos como el crecimiento personal, el control ambiental, la autonomía y la aceptación. Pero también atiende al propósito o sentido vital y a las relaciones positivas o constructivas. El bienestar, dirá Ryff, al igual que Aristóteles, será una consecuencia de vivir bien estas dimensiones. Seligman[2] asume todas estas aportaciones y afirma, también al modo aristotélico, que el bienestar humano o la felicidad procede de un modo de vivir. Y este modo de vida se concreta en tres ámbitos: la vida comprometida (en la que se ponen en juego las fortalezas personales), la vida significativa o de sentido y la vida placentera.

PROGRAMAS DE BIENSER

Aunque la psicología positiva les ha llamado ‘programas de bienestar’ (muy al modo norteamericano de pensar), está más en nuestra línea reorientar sus propuestas hacia el bien ser. Incluso sus propios programas pueden ser directamente entendidos así.

Este es el caso del programa desarrollo del ‘bienser’ de Michael W. Fordyce, quien en los años 80 puso en marcha diversas intervenciones concretas orientadas a esta mejora integral.

Nuestra adaptación de este programa ser basa en la toma de conciencia de situaciones que nos hacen plenos y en la propuesta de cambios en la actividad en función es esos descubrimientos.

El programa comienza pidiendo a los acompañados que tomen nota de 10 actividades que tengan las siguientes características:

  1. Que normalmente les hacía felices o que eran muy satisfactorias en su vida cotidiana.
  2. Que pudiesen hacer habitualmente, a diario
  3. Que habitualmente no les dedicaban tiempo.

A continuación, se pide a los acompañados que escojan tres de las actividades más factibles para ellos entre las señaladas.

En tercer lugar, se les pregunta si se atreven a llevarlas a cabo durante dos semanas, a diario. Si la respuesta es afirmativa, se ensaya con ellos, mediante visualizaciones, el cómo, cuándo, y de qué manera las va a llevar a cabo, de modo que, al finalizar la sesión, tengan claro qué, cómo y cuándo lo van a hacer. También se les pide que durante esas dos semanas lleve a cabo autorregistros de dichas actividades.

Al volver, se les pide que comenten los efectos afectivos y generales en su vida, pudiendo también ofrecerles un test que permita reflejar la satisfacción personal.

Lo que constataba Fordyce, y también nosotros, es que en la totalidad de los casos se produce un significativo incremento de la alegría, el bienser (es decir, el bienestar personal).

[1] Cfr. M. JAHODA, Current concept of positive mental health, Basic Book, Nueva York 1958.

[2] Cfr. M. E. P. SELIGMAN, La auténtica felicidad, Ediciones B, Barcelona 2003.

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