Con frecuencia, padres o profesores se lamentan del bajo rendimiento académico de un niño o un joven. Las causas, por supuesto, pueden ser múltiples. Pero, cada vez más, hay un factor explicativo que aparece con más frecuencia como uno de los responsables de esta situación: el uso indiscriminado y masivo de las nuevas tecnologías.

Centrémonos en los déficits de memoria, que es uno de los factores clave que explican el éxito o fracaso de la vida académica.

Como es sabido, la memoria es capaz de guardar y procesar información. Pero lo hace mejor o peor en función de varias condiciones:

  1. Que lo aprendido quede el suficiente tiempo en la memoria a corto plazo como para que sedimente y pase a la memoria de largo plazo.
  2. Que la persona preste atención
  3. Que la información o situación interese o tenga relevancia emocional
  4. Que queramos comprender y profundizar en lo que estamos conociendo.

Dicho esto, conviene tomar conciencia de que la información que nos ofrecen los diversos medios online lleva un ritmo trepidante. El texto, que es cada vez más breve, ya no se lee profundizando en los contenidos, sino deslizándonos por la pantalla. Por otra parte, un contenido queda rápidamente desplazado por el siguiente, más novedoso, o por algún estimulo más intenso que nos invita a ver algo nuevo o a zambullirnos en otra página o en un nuevo vínculo que se presenta como más interesante (y que, lógicamente, hace que lo anterior pierda interés). En conclusión: se incumplen las cuatro condiciones para una asimilación adecuada.

Cuanto menos interés y esfuerzo de comprensión y menos tiempo ante un contenido, menos sinapsis se crean, menos neuronas se ven implicadas y menos tiempo están en acción. Por tanto, el aprendizaje será superficial. Este hecho da lugar al original título de la obra, de imprescindible lectura, de Nicholas Carr: Superficiales. Cuanto menos esfuerzo haya que hacer, menos aprendemos; cuanta más dispersión, menos memorización.

Por eso, neurólogos, psicólogos y pedagogos finalmente coinciden en que, por ejemplo, se aprende más tomando nota a mano o en teclado de un texto que manejando palabras en una pantalla digital o se aprende más en un texto clásico (tal y como aparece en los libros sin mucha ilustración) que en un contenido multimedia. Por eso, en los lugares donde fueron pioneros en la utilización un portátil para cada alumno en el aula (Birmingham en Alabama, California y Maine,  en Uruguay, Argentina o en Perú, tras constatar que el aprendizaje y las evaluaciones eran inferiores que a la de los alumnos sin portátil, y que traía efectos no pensados previamente (pérdida de tiempo con juegos online y acceso a la pornografía), optaron finalmente por retirarlos de las aulas, salvo para usos puntuales y como un medio más (pero no como soporte principal). Ocurrió lo mismo en el país con más profusión de medios digitales en la escuela, Corea del Sur, donde constataron en 2010 que el 12% de los alumnos acabaron siendo adictos a Internet (cifra que se acerca al 13% de adictos que se estima actualmente en otros países como España). Toda esta información está recogida en investigaciones como las de Warschauer, M: Laptops and Literacy: Learning in the Wireless Classroom. Teachers College Press, New York, 2006, o en artículos periodísticos como el que apareció en el Wall Streee Journal en 2006: ‘Saying No to School Laptops’ (31/VIII/2006).

Aunque esto pueda todavía parecernos sorprendente, sobre todo en países donde todavía se identifica la mejora educativa con la mayor utilización de tecnologías e internet, el efecto ya está descrito hace mucho tiempo por la rusa Bluma Zeigarnik, colaboradora del psicólogo Kurt Lewin. Nuestra psicóloga descubrió que las acciones inacabadas se quedan en la memoria mucho más que las acabadas, que las preguntas personales que suscitan inquietudes (cosa que hacen los profesores, pero no las máquinas) estimulan más la mente y la memorización que el acceso libre a contenidos ya acabados. Por eso, si el alumno lo encuentra todo hecho, o lo puede encontrar, con sólo un ‘click’ o con apretar una tecla y conectarse a Google, su esfuerzo por buscar, por preguntarse y por memorizar será nulo. Esto es lo que después se ha llamado ‘El efecto Google’. Si todo está resuelto, si todo es accesible, si en ‘el rincón del vago’ encuentro todo tipo de trabajos realizados, y si hasta hay empresas dedicadas a realizar a la carta trabajos de fin de Grado, de fin de Máster o Tesis, si cualquier dato ‘está en Google’, ¿para qué memorizar, para qué investigar?

El efecto Zeigarnik, que afirma que memorizo mejor aquello que detecto como incompleto, como necesitado de un esfuerzo de búsqueda para completar la información o para encontrar respuestas, es el que explica por qué aquella información que pienso que tengo siempre accesible nunca la aprendo.  Justo por esto, utilizando la frase de N. Carr, en realidad, ‘Internet nos hace más estúpidos’.

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