El acompañamiento, en sentido riguroso, es una actividad interpersonal y un saber que sienta sus bases en la antropología personalista, la psicología existencial y en el coaching. Pero va mucho más allá del coaching. Si tuviésemos que señalar, de entre los múltiples rasgos distintivos, una de las más significativas características diferenciales entre acompañamiento y coaching, tendríamos que situarnos en un plano antropológico (ajeno al coaching y esencial al acompañamiento).

Desde una perspectiva antropológica personalista podríamos decir que el coaching se ocupa del individuo mientras que el coaching se ocupa de la persona (en sentido integral). Es más, podríamos definir el acompañamiento como el proceso que conduce a la persona del ámbito del individuo al ámbito de lo personal. Y esta definición, que imagino no resultará directamente comprensible para quienes no estén habituados al lenguaje filosófico personalista, se sustenta, según Buber, Rosenzweig o Mounier en la actitud básica que cada uno ha de definir en su vida: vivir como individuo o como persona.

El personalismo describe al individuo como un modo de comportarse, como una actitud individualista, propia de quien se ocupa fundamentalmente de lo que le interesa y se compromete o participa con lo que le resulta beneficioso o rentable. Busca el éxito, la posesión y lleva, en muchos aspectos, una vida impersonal. El acompañamiento de quien tiene esa actitud, muy favorecida por nuestra sociedad, pasará por la toma de conciencia de su vida entre objetos, de sus actitudes individualistas y pragmáticas impersonales. Según Rosenzweig, el individuo es el hombre natural, que participa del mundo de las cosas como su mundo propio.

Por el contrario, la persona es participación, donatividad, renuncia a sí misma, despliegue personal hacia el «tú» y hacia los valores. Por eso, el psiquiatra suizo L. Binswanger afirma que la persona ha de tomar conciencia de las soluciones inadecuadas, impersonales, dadas a las situaciones y encrucijadas de su vida. Tomar conciencia y responsabilizarse de la propia vida son las dos primeras claves de maduración y crecimiento y, por tanto, objetivos del acompañamiento. La inmadurez, el bloqueo personal e, incluso, la psicopatología, proceden del repliegue, del individualismo y de la falta de comunicación.

Así las cosas, podemos definir el acompañamiento como hacer el recorrido de vuelta desde el mundo de lo cósico al hogar de lo personal y, luego, de lo personal a la descentración en la trascendencia. Esto supone la apertura al ámbito de lo interpersonal y al ámbito de lo trascendente. En última instancia, supone rescatar a la persona del ámbito de lo cósico, de la fatalidad de lo fáctico para llevarle al mundo de la libertad, sacarle de un mundo de medios para llevare a un mundo de fines. Pero no de fines parciales o fines pragmáticos (que serían medios) sino del sentido vital y comunitario como clave del argumento vital, que es lo que se procura construir en el acompañamiento.

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