Todo proceso de acompañamiento comienza con un momento en el que recibimos y acogemos a la familia o al matrimonio.  ¡Nos jugamos muchísimo en ese primer encuentro, así que conviene que sea un encuentro de calidad!

Este primer momento es clave, porque abre –o cierra- la puerta a todo el proceso. Por eso es fundamental crear un buen clima emocional.

Para que se produzca esta conexión emocional, han de cuidarse diversas actitudes básicas:

  • mostrar alegría: ¡nada más atractivo que alguien que te acoge con alegría! Para eso es bueno sonreír, estrechar sus manos y mirarles a los ojos.
  • llamar a cada uno por su nombre (¡conviene aprendérselos y practicarlos)
  • No enjuiciar en ningún momento su situación
  • Valorar todo lo positivo que tenga la familia: no centrarse en lo negativo, en lo que va mal, en los malos comportamientos: comenzar a mirar lo positivo para infundir esperanza y validar todo lo grande que hay en su vida.
  • Hacer intervenir a todos, escuchar a todos… En acompañamiento familiar no hay ‘pacientes’. Todos son agentes. Mejor: todos son los autores de su familia y sus vidas.

En resumen, la acogida al matrimonio o la familia ha de ser siempre

cálido, respetuoso, empático, con actitud de acercamiento. Para ello es necesario ‘dejarse tocar’ por esta comunidad, dejarse afectar, estremecerse tras mirarlos, conmoverse. Ver, conmoverse, acercarse a ellos…

Una vez que me he dejado ‘tocar’ por ellos, por su situación, he de expresar cercanía y esto se hace mediante el contacto físico. Hay que poner corazón en las manos. El apretón de manos, la caricia, el abrazo, la mano sobre la mano o sobre el hombro, expresan apoyo, compartir dolor, presencia. También la mirada directa, aunque no rígida, permite mostrar que estamos atentos al otro.

Acoger supone saber crear, desde el primer encuentro, un clima de confianza en el que la familia pueda mostrar sus necesidades y expectativas. Acoger bien es abrir la puerta del acompañamiento, que pasa por tres artes que habrá que adquirir también: el de comunicarnos, el de preguntar y el de escuchar. Los tres van íntimamente unidos.

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