Camino de la compasión

En el camino de la vida suele llegar la tentación de la desesperación con uno mismo cuando descubre y reconoce que, una y otra vez, yerra en lo mismo, o cuando a pesar del paso del tiempo no es capaz de superar una herida, un rencor, una actitud, de romper una cadena. Es el momento de reconocer que ‘no puedo’, que ‘soy incapaz’.

Esta actitud puede ser el pórtico al abandono y la depresión si quien descubre esto no sale de sí mismo. Por el contrario, para quien pasa por esto, es ocasión de crecimiento y sanación si es capaz de pedir ayuda.

Estas heridas, bloqueos y cadenas, no son superables si no son acompañadas. Pero quien lo acompañe ha de dejarse afectar por el sufrimiento de quien acude a él. Quien acompaña a alguien que sufre (por lo que hace y no es capaz de hacer o por lo que le hicieron que no es capaz de superar) necesita una actitud clave: la compasión.

La compasión no es una reacción sentimental de pena por el otro. Se trata de reaccionar ante la situación del otro desviviéndose por él. Quien se compadece vive al otro como acontecimiento que le visita.

Pero esta visita es dura porque supone acoger la maravilla y belleza que hay en toda persona, pero bajo un ropaje de pobreza, incapacidad, fealdad, vejez, endurecimiento, esclavitud, infirmidad…

Acompañar supone acoger al otro incondicionalmente y mostrarle este afecto compasivo, siendo capaz de encajar su  apariencia herida y deforme. Sólo así, quien acompaña es portador de esperanza y facilitador de la sanación del acompañado.

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