Se suele suponer que la fuente única de heridas psíquicas y personales son otros, siempre las acciones y actitudes de otros, más potentes en su capacidad de herir cuanto más cercanos a nosotros. Pero no resulta tan frecuente considerar uno mismo también puede ser causa de heridas a uno mismo.

La palabra que en griego clásico designa un daño es ‘blábos’ y el verbo correspondiente es ‘blapto’, que se suele traducir como ‘trastornar, dañar, perjudicar, hacer daño, lesionar, herir’… En nuestro idioma encontramos palabras que recogen esta raíz: ‘blasfemia’ en castellano procede de ‘blaptein’ y de ‘pheme’ (hablar dañando). En desuso está el verbo ‘blasmar’ que significa dañar a alguien, vituperar… Acudiendo a esta etimología, proponemos el término ‘autoblapsis’ para referirnos al daño psíquico o personal que una persona se hace a sí misma.

En general, un efecto de vivir de modo inadecuado como persona, es que se produzcan diversos efectos autoblápticos: debilitamiento personal, autoencadenamiento, esclerocardia, y autoagresiones.

El debilitamiento personal procede de no utilizar la libertad de compromiso, de reservarse, de no implicarse, de no poner en juego todo lo que soy. Así, del mismo modo que no poner en juego la musculatura, la debilita (lo que ocurre, por ejemplo, tras una larga estancia en cama por enfermedad),  no poner en juego la inteligencia por comodidad, la debilita; no poner en juego la voluntad, la debilita; no poner en juego la afectividad, la debilita; no poner en juego la conciencia, la debilita. Se puede llegar, en todos estos ámbitos, a la debilidad extrema y por tanto, a la exposición absoluta a cualquier agente externo manipulador. Una inteligencia sin criterio propio, no regida por la verdad que ella ha descubierto, es arrastrable por cualquiera que le proponga cualquier slogan, tweet, propaganda, noticia… Bien saben esto no sólo las sectas sino también muchos partidos políticos y sus dirigentes. Una voluntad no formada, un carácter débil, permite verse arrastrada por cualquier impulso propio, hedónico, o exterior. Una afectividad debilitada también es fácilmente manipulable. Todo ello no produce heridas pero deja inerme a la persona ante cualquier violentamiento, pues la desarma ante cualquier cosificación, agresión, manipulación, utilización o instrumentalización.

El autoencadenamiento procede de llevar a cabo acciones interiores, voluntarias, de carácter cognitivo y afectivo, que suponen la autolimitación y el bloqueo del crecimiento personal. Así la asunción de falsos deberes, la rumia de las propias heridas, complacerse en vivir heridos, negarse a perdonar, atarse a las propias razones como si fuesen ‘la verdad’…  Todas estas son cercanas a las formas de autoagresión y más que producir heridas, incrementan las que existen.

La esclerocardia supone el endurecimiento del corazón, de la conciencia, lo que consiste en la incapacidad para dar respuesta a los valores y, otras veces, en la incapacidad de captarlos. Se trata de un corazón que no vibra con lo importante, sino sólo con un cierto rango de valores con exclusión de todos los demás y, sobre todo, con exclusión de las personas, del valor de las personas, e incluso de uno mismo como persona. Así, por ejemplo, una persona volcada en la productividad y beneficios de su empresa, que se hace ciego al valor de las personas, de su familia, de lo espiritual, de la verdad, del bien… Su corazón se ha endurecido. Habitualmente esto ocurre por oligodinamia, por atención a sólo algún aspecto de la realidad y por desarrollo de sólo algún aspecto persona en detrimento de otros, o por pseudotelía, tomar como fin de la propia vidas lo que no lo es en sí, es decir, absolutizando o convirtiendo en ídolo un aspecto parcial de la vida (el deporte, la propia empresa, el beneficio, el placer, a uno mismo). En muchos casos, la propia soberbia, el ponerse como único centro y única fuente de valor, verdad y bien, o el hedonismo, la orientación de la vida a la consecución del placer, son fuente de esta esclerocardia, que trae consigo fuertes heridas personales.

Otras veces, como decimos, esta esclerocardia procede de poner como cumbre de los valores alguno que no lo son: culto a la eficiencia, a la puntualidad, a la productividad, llevando a la persona a excesos en su vida que terminan por dañarla (¡cuántas ansiedades son producto de no saber poner límite al trabajo que se realiza, permitiendo que siempre haya más trabajo que el que se puede realizar en una jornada!). En otras ocasiones, se asumen sin crítica ni análisis valores sociales o costumbres de familia, grupo, empresa… que llevan a la propia aniquilación, siendo uno mismo su propio verdugo (responsabilidad sin límites, asumir compromisos sin límites, prohibición de exteriorizar afectos, la ambición permanente…). En todos estos casos, la afectividad se ve trastornadas, las propias energías mermadas, las relaciones dañadas, la inteligencia oscurecida… y todo ello ejecutado por uno mismo: autoblapsis.

Finalmente, la autoagresión es la situación en la que de modo directo la persona se hiere a sí misma de modo consciente. Esto ocurre en las siguientes situaciones:

  • Me culpo injustamente
  • Me autocritico
  • No quiero perdonarme algo que hice en el pasado y, además, dedico tiempo a condenarme.
  • Me desprecio.
  • Alimento el resentimiento contra otros (lo cual es, en realidad, una acción autobláptica).
  • Decido aislarme, vivir individualmente, al margen de cualquier afecto humano, para no sufrir y por egocentración.
  • Permito o promuevo el exceso o la carencia en cualquiera de mis dimensiones. En el cuerpo está claro: un exceso de comida o una carencia prolongada, pueden terminar dañándome. Pero también experimento daños en una afectividad mal gestionada y mal regulada, en la que promociono y rumio los miedos, las angustias, las tristezas… todo ello me termina dañando psíquica y físicamente. Así mismo, una inteligencia razonable, es decir, abierta a lo real, en búsqueda de la realidad de las cosas, abierta a la verdad, es una inteligencia sana. Pero una inteligencia soberbia, cerrada en su propia visión de las cosas, en sus propias construcciones –por bien trabadas que estén-, en su propia ideología, termina por despegarse de la realidad y, por tanto, lleva a la persona a vivir inadecuadamente, de donde proceden las heridas. Habitualmente, en estos excesos o carencias, hiero a otros. Y al herir a otros me hiero yo mismo. En general, vivir de espaldas a la realidad (a mi realidad como persona, a la realidad del mundo, a la realidad de los otros y a la realidad de Dios) me hiere (conviene leer al respecto ‘El libro del sentido común sano y enfermo’ de F. Rosenzweig).
  • Cuando vivo deformadamente respondiendo mi vida y mis acciones no a un orden de lo real y de los valores, sino a un orden deforme (poniendo como valor supremo, por ejemplo, la productividad, la propia fama o crecimiento en escalafón o económico, o el aprovechamiento extremo del tiempo, o el cumplimiento de ciertas normas o tradiciones como fin en sí….).

Cómo afrontar estas heridas

En principio, estas heridas tienen que ser trabajadas igual que las demás, pero tienen algunas especificidades propias. En primer lugar, la persona ha de darse cuenta de que ella es la principal agente de su herida, lo que sólo logrará ver tomando distancia de sí misma. Para esto nada más ineficaz que el que otro se lo quiera hacer ver y nada más eficaz que las preguntas de un buen coach (o alguna herramienta o metáfora) que le lleven a descubrir por sí que está haciendo con ella misma.

En segundo lugar, mientras que una herida normal necesita que la persona decida tomar la vida en sus manos pero no necesariamente tiene que llevar a un cambio de vida, en el caso de la autoblapsis sí son necesarios un cambio de vida y un cambio de pensamiento, es decir una metacardia y una metanoia. No se trata de hacer ajustes o pequeños cambios, sino de situarse de modo nuevo ante la propia vida y, en todo caso, de ganar en filautía, en amor a uno mismo, condición básica de toda sanación y crecimiento personal.

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