Quien acompaña a otro, si no quiere ser un mero aplicador de técnicas o caminar a ciegas, debe contar con una antropología lo más amplia, realista e integral posible. No resulta indiferente qué imagen se tenga de la persona a la hora de hacer acompañamiento o coaching. En realidad, no hay nadie que no tenga alguna noción, aunque sea implícita, de quien es la persona, de qué es ser persona. Esta visión siempre se plasma en una u otra forma en el acompañamiento (o en la terapia, o en el Coaching).

Pongamos un ejemplo para mostrar esto con claridad.

En una visión individualista de la persona, tal y como la proporcionan las diversas antropologías existencialistas, la sanación o curación emocional pasar siempre por ocuparse de las propias necesidades. Por tanto, quien acompaña debe ayudar al acompañado a descubrir sus necesidades y el modo de atenderlas. En una visión individualista y hedónica, la persona más que atender necesidades ha de satisfacer deseos,

Desde una perspectiva integral, personalista y comunitaria, la persona, además de atender a sus necesidades, ha de abrirse a la atención de las necesidades de los demás. Se descubre que es abriéndose a la necesidad del otro ofreciéndole lo poco o mucho que uno es o tiene, lo que produce también un efecto sanador. Por tanto, quien acompaña ha de estar atento a que el acompañado no caiga en dos errores: atender las necesidades ajenas olvidando las propias y atender a las necesidades propias descuidando las ajenas. Bajo esta perspectiva, que es la nuestra, la sanación o curación afectiva pasa por tres momentos: centración (tomar conciencia de las propias necesidades), descentración (atender a las necesidades de los demás) y trascendencia (descubrir un sentido por el que afrontar la vida y, por tanto, los propios dolores y sufrimientos). Las condiciones segunda y tercera no son consideradas por parte de quienes defienden antropologías materialistas, mecanicistas o reductivistas (como el conductismo, el psiconálisis o un coaching pragmático meramente instrumental).

Por tanto, sólo desde una visión integral de la persona, tal y como la proporcional el personalismo, tendremos la conciencia clara de que el acompañamiento de una persona con una determinada herida emocional implica llevarle al descubrimiento de sus necesidades, de impulsarle a atender las necesidades ajenas y a encontrar un sentido a su dolor.

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