Una de las coaches familiares que colabora con el Instituto da Familia me planteaba ayer una situación en la que está su acompañado y quería contrastar conmigo.

Tras haber comenzado un proceso de acompañamiento, se encuentra que sufrió una agresión sexual de modo prolongado a los 10 y 12 años por parte de un familiar de más edad.  Él siente culpabilidad y vergüenza por lo sucedido. Tras treinta años es la primera vez que lo cuenta porque se ha sentido en un clima de acogida y amistad, y declara que no iría jamás a un especialista, aunque se lo recomienden.

Sin duda, esta persona necesitará un buen terapeuta especialista más adelante, pero ¿qué hacer mientras no descubra que tiene que acudir a él? El consejo no le sirve e, incluso, lo rechaza.  Dejarle a su suerte no parece ni ético ni productivo. Trataré de señalar por dónde se puede dar el primer paso.

Suele ser habitual que, cuando un amigo nos cuenta un problema, nos centramos en dicho problema, prestándole nuestro tiempo, atención al mismo para analizarlo, para conmiserarnos del amigo o para tratar de solucionarlo. Muchos terapeutas, coaches, psicólogos: se centran en el problema, en lo que va mal, en las deficiencias, en los traumas. Sin embargo, realizar esto suele traer consigo un efecto terrible: incrementar el malestar, darle volumen al problema y llevar al amigo, cliente o paciente a dar carta de naturaleza a dicho problema como si fuese el argumento central de la vida. Pero esto, además de traer mucho dolor y de deformar la realidad, resulta terapéuticamente no muy conveniente en la mayor parte de las situaciones.

Quien acompaña a otros ha de tener en cuenta que quien sufre busca alivio y también saber hacer frente a la dificultad que tiene. Pero centrarse en el foco del dolor y hablar mucho de él ni trae alivio ni sirve para afrontar la situación. Más bien lo aumenta.

Lo que, en realidad, suele ser mucho más eficaz comenzar siempre por el fortalecimiento personal, por lo que hemos llamado en otras ocasiones beingfullness. Creo que es aumentando la luz que ya hay en nosotros y no combatiendo la oscuridad. Para ello, permítanme contar una narración que nos dará pie a ulteriores explicaciones:

Un rey convocó a todos sus sabios. Les contó que tenía un problema insoluble y quería saber cómo afrontarlo. Uno de los sabios se levantó, y en una pared, dibujó una línea recta, preguntando al monarca… “¿cómo se puede hacer esta línea más pequeña sin borrarla?” No admitiendo el sabio un ‘no sé’ por respuesta, aguardó sin prisas a que el rey diese una solución. Y, en efecto, se le ocurrió no una sino dos: “Podríamos hacer dos cosas: pintar al lado otra línea más grande, de modo que aparecería como más pequeña o también tomar distancia de la línea, con lo cual también se vería más pequeña”. Entonces el sabio, asintiendo, afirmó: “Pues eso es lo que puede hacer su majestad: crecer usted mismo o bien tomar distancia”. Este es el primer paso terapéutico.

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