Educar para una vida con sentido

En todo viaje, lo primero que necesitamos es saber a dónde vamos. De nada sirve tener a disposición buenas maletas, variados medios de transporte o buenos mapas si no sabemos a dónde vamos. Y cuando sabemos a dónde vamos, el resto se organiza en función del destino. La vida de nuestros hijos también es un viaje. Y para poder viajar, nuestros hijos/as también necesitan un lugar a donde ir, es decir, tener claro un sentido en la vida, descubrir qué es lo que quieren en la vida. Su viaje será más largo y más pleno cuanto más alto y valioso sea este lugar a donde se dirigen.

Este destino o sentido, en la medida en que lo descubran, será lo que ilumine cada tramo de la vida de nuestros hijos, teniendo de este modo un “para qué” en todas las etapas y momentos. Esto no quita que haya pequeñas “metas volantes”: que gane la liga cierto equipo, conseguir un cierto trabajo o lograr “estar en forma” son objetivos parciales, pero no pueden orientar toda la vida. En cambio, la vida orientada hacia la amistad, la familia, los ideales éticos, políticos o religiosos (llevados a la práctica) si son sentidos que orientan la vida.

Pero esto no lo descubrirán nuestros hijos de una vez para siempre, sino que será un desvelamiento progresivo: tras cada experiencia, cada persona conocida con la que se relacionen significativamente, tras cada éxito y fracaso, irán descubriendo qué es lo importante y lo importante es lo que orientará su vida.

Lo que se tiene por “importante” puede ser de todos tipos. En primer lugar, lo que sólo es subjetivamente importante.  Lo subjetivamente importante es aquello que puede motivarnos a actuar en un momento dado, pero no en toda la vida y en todas sus dimensiones: así ocurre con los gustos, los deseos, los caprichos, las necesidades que nos crean los medios de comunicación pero que nos son auténticas necesidades (comprarse algo, hacer un viaje, comer cierto tipo de alimentos, gustar a todos, poder consumir lo que se desea, estar a la última, etc.). En segundo lugar, lo objetivamente importante es el sentido más profundo lo importante en sí: la justicia, la verdad, la bondad, formarse como persona, la generosidad, la solidaridad, la paz, la vida familiar, el estudio, la amistad, saber consumir sólo lo necesario, etc. Se trata, en definitiva, de los valores y los ideales de vida.

A la vista de esto es claro que educar ha de incluir como plato principal promover el descubrimiento progresivo de qué es lo importante para que lo vayan incorporando a su vida y se vayan comprometiendo con ello.

Afirma Daniel Goleman en Inteligencia emocional que la buena formación académica sólo asegura en un 20% el éxito laboral, afectivo, y personal del joven, es decir, que la formación intelectual y académica, por sí misma, no asegura la madurez, ni el éxito personal ni profesional en el futuro de los niños y jóvenes. El 80% restante procede de un equilibrio afectivo y, sobre todo, de contar con un “para qué” en la vida.

Otros psicólogos como Stenberg o Thorndike enseñan también que por sí mismo tener estudios no prepara para afrontar las dificultades e imperativos de la vida. Y, en efecto, comprobamos que muchos jóvenes brillantes en sus estudios, son incapaces de superar pequeñas dificultades, académicas, personales o afectivas. Se hunden a la mínima y muchos huyen de sí mismos mediante el alcohol, las drogas, el trabajo o los viajes. Tienen miedo a enfrentarse a los problemas, incapacidad para hacer frente a las frustraciones académicas, profesionales o afectivas.

¿Cuál es la causa?: Que saben cómo vivir, pero no para qué vivir y que les falta un equilibrio emocional.

Pero, ¿dónde se adquiere esa educación?  Resulta evidente que la educación intelectual depende de la escuela y, luego, de la universidad. ¿Pero la educación afectiva? ¿Y la adquisición de un sentido para la vida? ¿Y las competencias y hábitos para vivir una vida plena? ¿Y la capacidad para relacionarnos con los demás?

Los estudios más actualizados en psicología y sociología son coincidentes: la familia sigue siendo el lugar privilegiado de transmisión de valores, de criterios, de aprendizaje afectivo y de capacitación para las relaciones interpersonales.

Acompañar a una familia, por tanto, ha de tener como una de sus metas e ingredientes insustituibles el trabajar con el “para qué” de sus vidas, con el ideal de vida y sistema de valores que tienen, que viven y que transmiten a sus hijos. Este es el armazón básico e insustituible que necesitan para su vida.

 

Para saber más:

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