Entrenar la voluntad y el espíritu: urgencias educativas del siglo XXI
En 2006, Ulrich Beck publicó un ensayo que describe con enorme lucidez a la sociedad actual. Su título: “La sociedad del riesgo”, su subtítulo: “En búsqueda de la seguridad perdida”.
Y es que no hay más que ver las noticias un día cualquiera para comprobar que el escenario social, político, económico, natural, laboral… es, a nivel mundial, enormemente cambiante y lo que es peor, impredecible. ¿Quién contaba un día antes de que ocurriese con el apagón, con la pandemia, con las nuevas guerras, con…?
En este contexto, movidos por una comprensible prudencia y también por el temor, padres y madres desean más que nunca “asegurar el futuro” de sus hijos.
Para ello, aumenta la presión que ejercen sobre ellos para que busquen la excelencia académica, realicen estudios superiores, aprendan idiomas… como si esta formación fuese a determinar su futuro. En realidad, esto no será así. Como tampoco lo será que tengan un buen móvil o un ordenador muy potente, que hagan deporte varias veces a la semana…
Lo que los niños, adolescentes y jóvenes más necesitan en una sociedad tan cambiante e impredecible como esta en la que les ha tocado vivir es prepararse para poder afrontar cualquier eventualidad que se les presente.
Han de fortalecerse y, para eso, más allá de la formación intelectual, física y afectiva (que son los parámetros que hoy más se prodigan en educación), la clave está en la formación espiritual y de la voluntad, ya que será la fortaleza de ánimo la que les permitirá hacer frente a cualquier novedad sorprendente o amenazante.
Como avanzábamos esta fortaleza procede de dos fuentes:
– Una espiritual, que se alimenta de que seamos queridos incondicionalmente y de experiencias de trascendencia
(experiencias de valores, de ideales y experiencias religiosas auténticas).
– Otra volitiva, que hace posible que adquiramos la virtud de la fortaleza.
En el caso de nuestros hijos e hijas, trabajar la voluntad supone que asuman responsabilidades habituales (también en casa), compromisos y que se acostumbren a aceptar sin quejarse las dificultades cotidianas, que aprendan a retrasar satisfacciones, a tolerar la frustración…
Esta es la formación que con más urgencia tendríamos que ofrecerles a las nuevas generaciones. Este, su entrenamiento más necesario; uno que sólo se adquiere en el gimnasio de la voluntad y del espíritu.
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