Una de las claves esenciales que han de estar presentes en un proceso de acompañamiento es el de la formulación, por parte del acompañado, de su ideal de vida.

El ideal de vida es aquel horizonte vital arquetípico articulado mediante valores que mueven y orientan la propia vida en su nivel más hondo y radical, ofreciéndole un sentido. La psicología tradicional ha reducido estos móviles de la acción a las llamadas “motivaciones”, es decir, el conjunto de necesidades que reclaman de nosotros su satisfacción. Así, se suele hablar de una escala de motivaciones. Las primarias, básicas, también llamados impulsos, son de carácter fisiológico: hambe y sed, sueño, respiración, necesidad de movimiento, sexualidad. En segundo lugar, encontramos las motivaciones secundarias o psicológicas y sociales: seguridad, aprobación, dominio y prestigio social, autonomía, pertenencia, exploración y curiosidad. A estas se suelen añadirse los motivos terciarios o motivos creados por sugestión a través de medios de comunicación de masas, que suelen tender a crear determinados hábitos de consumo. Y aún reconociendo que el conjunto de todos estos motivos pueden explicar el comportamiento en el ámbito de lo inmediato y cotidiano, nunca pueden orientar en su conjunto la vida de una persona si vive como tal persona y, en todo caso, nunca de modo global y permanente. Y es que nuestra vida como personas no está llamada a lograr un equilibrio homeostático, un llegar a “estar a gusto con uno mismo”. A lo que estamos llamados es a crecer, a ponernos en juego desde lo que descubrimos que tiene sentido para nosotros. Y esto con sentido es lo que nos revelan los valores.  Son los valores que descubrimos en nuestra vida los que nos mueven a actuar, los que nos lanzan a ir más allá de nosotros mismos. Ya hablamos de los valores al comienzo de nuestra reflexión: son los valores los que nos llaman, pues los valores son la no-indiferencia de la realidad que se nos hace presente.

Todo lo que decidimos y elegimos lo hacemos desde lo que descubrimos como valioso, desde la propia concepción axiológica. De ahí la necesidad, en el proceso de acompañamiento, de precisar cuáles son los valores que operan en la propia vida como orientadores de la acción. Y aunque los valores son objetivos, esto es, independientes de nosotros, cada uno tiene un conjunto de valores como pilares orientadores de su vida. Los valores son lo que son, pero lo son siempre en referencia a alguien que los capta. No son relativos, sino respectivos (respecto de quien los percibe).

El conjunto de valores que alguien concreto descubre como orientador de su vida, en la situación en la que se encuentra, y como horizonte de plenitud a la que se siente llamada es lo que podemos designar como ideal de vida.

El ideal, como arquetipo vital y personal, se articula en el conjunto de valores referidos a mis propias posibilidades biográficas, descubiertos como orientadores de la vida personal. Consiste en una invitación personal a recorrer mi propio camino. Por tanto, el ideal es un arquetipo de plenitud que da lugar a una trayectoria vital que se presenta como valiosa. Por un lado, el ideal se encuentra ya orientando lo que soy y, en la medida en que lo voy haciendo más consciente, también se presenta como llamada hacia un horizonte biográfico.

El ideal de vida es lo que mueve a las personas a perseguir unas metas más allá de los avatares de lo inmediato, mostrándole quién podría llegar a ser, quién está llamada a ser, a la vez que le invita a recorrer el camino entre quien es y quien está llamada a ser. Y esto que está ‘llamado’ a ser, le llama porque lo percibe como valioso y una de las características de todo valor es atraer hacia sí.

El ideal es tal en cuanto que proyecta luz sobre la propia vida, en cuanto que es fuente de sentido. Por ello, la llamada se presenta como un “para qué” de la propia vida, como promesa de sentido que cumple las más profundas exigencias del propio ser: es el camino particular para la plenitud. La llamada es, sobre todo, ideal de vida. Por esto cada uno tiene su propia llamada, porque todas las vocaciones son constelaciones de valores que se hacen presentes respectivas a una persona concreta y, en segundo lugar, porque se han de realizar en función de las condiciones concretas en la que está cada persona.

El ideal auténtico está polarizado sobre los valores espirituales, y puede ser predominantemente intelectual, estético, político, ético o religioso. Este ideal de vida cobra para cada persona un perfil concreto, y confluye con el tipo ideal de yo con el que se sueña. De este modo, uno de los elementos esenciales en el conocimiento del yo es el descubrimiento del yo a quien aspiro a ser, cuál es la forma ideal al que la persona tiende (siempre partiendo de las propias capacidades, del propio temperamento y de las propias circunstancias).

Este ideal de vida se expresa en unos objetivos de segundo grado como horizonte general al que se dirige la vida. De estos ideales u objetivo de segundo grado dependen la situación ideal que se propone en un acompañamiento como meta del proceso, como lo que se quiere resolver o cambiar. Y, para ello, habrán de concretarse en objetivos de primer grado o, simplemente, objetivos, que son las propuestas de acción específicas, medibles, ambiciosas, realistas (realizables) y temporalizadas.

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