La metacardia es aquel momento de cambio de corazón, de cambio interior, que se suscita por gracia, inopinada y sorpresivamente, en procesos promovidos desde el acompañamiento y, en algunos casos, también desde la terapia.

Se trata de un cambio no intelectivo, sino vital: biográfico, interior, profundo, insondable; está referido a un nuevo modo de instalarse en la realidad y, por tanto, da lugar a una nueva mirada sobre lo real, sobre uno mismo y sobre los demás; convirtiéndose o propiciando, a menudo, un punto de inflexión en la biografía.

Quizás sea en las conversiones religiosas donde se contempla más claramente este cambio y, por eso, cuando nos referimos a ejemplos de metacardia solemos presentarlas como paradigmáticas. Sin embargo, mi admirada y sabia colaboradora María Jones me planteaba hace unos días que, tratándose de un fenómeno antropológico, podría darse también en personas no religiosas o a través de experiencias que no tengan necesariamente este cariz.

Su observación es plausible, de modo que me dispongo ahora a referir algunos casos en los que (al margen de experiencias religiosas) un acontecimiento, una experiencia o el afecto de otra persona favorecieron un “cambio de corazón” y, por consiguiente, un cambio en el modo de vivir.

De las muchas biografías a las que podría hacer alusión, comenzaré por una que me llama especialmente la atención: la de la multigalardonada actriz, empresaria, productora y presentadora de televisión, Oprah Winfrey.

Hija de madre soltera y muy pobre, creció prácticamente sin atención ni cariño alguno. A partir de los nueve años sufrió abusos sexuales y tuvo a su primer hijo (que murió muy pronto a causa de una enfermedad contagiosa) a los catorce. Además, en el colegio fue rechazada por sus compañeros por un inveterado racismo.

¿Qué le pudo suceder entonces para que, a pesar de esta situación tan crítica, lograra salir adelante?

El acontecimiento que supuso para ella la posibilidad de una sanación radical (metacardia), vino dado tras marcharse de su ciudad natal para instalarse en otra ciudad, en casa de su padre biológico. Junto a esta toma de distancia del foco de su dolor (condición necesaria para una sanación afectiva), Oprah comenzó a colaborar en la radio y, finalmente, a los diecinueve años consiguió tener su propio programa.

Así, dando a otros lo que no le habían dado a ella: atención, afecto, bienestar (no olvidemos que es enormemente generosa en sus donaciones) y a través de la comunicación, vivida como vocación radical, encontró su sentido vital. Se despertó a sí misma y a los demás a través de esta entrega apasionada a su labor. Primero lo hizo retransmitiendo noticias locales, luego, entrevistando y, más tarde, pasando a tener su propia productora y desarrollando una brillante y exitosa carrera (conocida por todos en la actualidad).

Observamos por tanto que la entrega a su vocación como comunicadora (entendiendo esta profesión como una forma de servir a la comunidad) fue una experiencia sanadora y transformadora para ella, fue la ocasión perfecta para su metacardia (la cual tuvo lugar de modo progresivo).

Pero el suyo no es un caso aislado, al contrario: algo semejante les ocurrió en su vida a la escritora J.K Rowling (autora de la saga de Harry Potter) o al ingeniero y empresario fundador de la Honda Motors: Soichiro Honda.

Decíamos también que los procesos de metacardia podrían producirse a través de la mediación de una persona de la que se recibe amor o una mirada afectuosa y transformadora.

Este fue el caso del científico, inventor y emprendedor Thomas Alva Edison, quien de niño fue el ejemplo perfecto de lo que hoy llamamos “fracaso escolar”. Y no tanto por su falta de aptitudes, sino más bien porque fue víctima de un modelo educativo bancario, en el que se le prohibía la creatividad y se le pedía la repetición mecánica de contenidos.

Además, como su hipoacusia y posible síndrome de Asperger no le fueron detectados en la infancia, lo tomaban como incapaz intelectual y enfermo mental. Tal era el juicio negativo que sus maestros tenían sobre él que llegaron a expulsarle sin darle más explicaciones que una escueta nota que enviaron a su madre, Nancy Elliott.

Ella le leyó la misiva al niño aquel mismo día: “Su hijo es un genio, esta escuela es muy pequeña para él y no tenemos buenos maestros para enseñarle. Por favor, encárguese de su educación usted misma”. Y, precisamente, eso: un auténtico homeschooling 2.0, fue lo que hizo Nancy de ahí en adelante. Se dedicó a educar al pequeño de modo integral y consiguió que, a los diez años, fuera un auténtico “devorador” y asimilador de libros.

Cumplidos los doce, Thomas empezó a trabajar como repartidor de periódicos en un tren y terminó utilizando uno de sus vagones como laboratorio (allí realizaba los experimentos que leía en los libros). Tres años más tarde consiguió su primer empleo como telegrafista y, después, le contrataron como ingeniero electricista e inventó el fonógrafo, la bombilla, el kinetógrafo…

Este reconocido inventor y científico, ya de adulto, encontró entre las pertenencias de su madre fallecida la nota que sus profesores le habían enviado cuando lo expulsaron del colegio. Decía así: “Su hijo está mentalmente enfermo y no podemos permitirle que venga más a la escuela”. Fue entonces cuando Edison tomó plena conciencia de que el amor incondicional de su madre, que veía en él sus posibilidades en vez de centrarse en sus limitaciones, fue la clave de su transformación profunda.

Con frecuencia son los encuentros significativos con otros los que nos dan el impulso que necesitamos para que se produzca el cambio de corazón y, por tanto, de vida. Y, como hemos visto, esto es lo que le que pasó en su día a Edison, pero también a otros muchos como, por ejemplo, a Johnny Depp (cuya metacardia llegó gracias a la amistad y al afecto incondicional que le ofreció Nicolas Cage).

 

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