Con frecuencia me preguntan si es posible acompañar a alguien cuyos principios morales sean, en algún aspecto, contrarios a los nuestros; si es posible acompañar a alguien cuyo comportamiento choque frontalmente con nuestras convicciones o creencias. En realidad, quien acompaña ha de acoger a toda persona y hacerlo de forma incondicional.

Acoger incondicionalmente exige al acompañante que tenga una mirada misericordiosa y compasiva hacia el ser humano que se sienta frente a él o que camina a su lado. Y esto está en las antípodas del juicio moral.

Quien sufre, por lo que le ocurre o por lo que hace, no nos pide un juicio moral ni una condena ni un aleccionamiento sobre lo correcto. Nos pide una presencia acogedora, misericordiosa, un contexto en el que poder sanar. Por eso sólo podemos acompañar si acogemos incondicionalmente a quien acompañamos.

Y esto no significa que tengamos que estar de acuerdo con todo lo que piense o diga. Tampoco que estemos obligados a relativizar o renunciar a nuestros propios principios éticos o convicciones. Menos todavía que debamos validar todo lo que haga. Significa que acogeremos a la persona esté como esté, haga lo que haga o quiera lo que quiera; que validaremos sus sentimientos y nos acercaremos con temor y temblor a su vida, sin juzgarla.

El filósofo Karol Wojtyla, en la cuarta parte de su Familiaris Consortio (epígrafe 81) dice que quien acompaña a personas (matrimonios en este caso) en situación “irregular” se ha de acercar a ellos y acompañarlos con discreción, respeto y paciencia. Esto significa que no les juzgará, no les condenará y, sobre todo, que no les rechazará ni abandonará. Porque son justo las personas que más sufren, las que más merecen nuestro acompañamiento.

Pero ¿y si quien acompaña se da cuenta de que lo que piensa o hace el acompañado va contra la dignidad humana?, ¿o contra su felicidad? ¿Y si descubre que todo ello acarrea un grave desorden moral?

Si se diera ese caso, con todo afecto (a través de preguntas que le confronten y evitando cualquier sugerencia o juicio moral), el acompañante procurará que el acompañado descubra si realmente esa experiencia, opción o propuesta está en línea con sus convicciones más hondas, con su realidad más profunda…

Y eso es vital: tiene que ser la propia persona quien lo descubra. De lo contrario, es decir, imponiéndole un criterio, el acompañante le estará cerrando la posibilidad de ser acompañado.

Por tanto, en ningún caso juzgaremos ni condenaremos al acompañado, sino que confrontaremos su actuación con sus valores, con lo que realmente considera importante en la vida. Pero, ¡atención! Sin ir nunca más allá de lo que nuestro interlocutor pueda ver.

Quizás algo que haga o se proponga nos horrorice, pero dentro de este contexto nuestro papel no es dirigir, sugerir, proponer… sino que está orientado a ofrecer al otro la oportunidad de hallar (a través de la incongruencia con sus propios valores, principios o previendo las consecuencias) lo indeseable de su opción o comportamiento.

Los mayores obstáculos son, pues, nuestros prejuicios: nuestros juicios previos (siempre fruto de la educación que hemos recibido).

Y es que, no podemos evitar pensar que el otro se equivoca, ni que nos provoque rechazo lo que defiende o hace. Pero lo que sí podemos hacer es tomar conciencia de nuestra reacción y actuar desde nuestra madurez afectiva y espiritual, nuestra compasión y misericordia.

Ellas deben llevarnos a acoger a la persona con especial cariño, ya que nuestro acompañamiento puede ser la ocasión perfecta para que tome conciencia de su situación. De lo contrario, nos desesperaremos y esto sería un gran error por nuestra parte, porque entonces estaríamos condenándola y cosificándola.

Y para ilustrar lo que digo, propondré un modelo claro de cómo acompañar a personas que chocan frontalmente con nuestra moralidad. Se trata de Jesús de Nazareth.

Cuando se acercó a hablar amigablemente con la samaritana en el pozo de Siquem, ya sabía que su interlocutora había pasado por cinco divorcios y que su vida afectivo sexual era todavía más irregular en la actualidad.

Y, mientras que sus discípulos tomaron una postura rígida moralmente y criticaron a su maestro por este encuentro, Jesús no dudó en acercarse lleno de simpatía a la samaritana.

La acogió incondicionalmente y le preguntó por su necesidad más profunda. Así, acompañándola, ella tomó conciencia de su situación y de la distancia entre lo que vivía y lo que deseaba en su corazón. Esto es, sólo la actitud abierta y sin prejuicios de Jesús le permitió su metacardia, su conversión personal radical.

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