Una ley básica en el ámbito de los traumas y las heridas podría ser formulada así: una agresión resulta más hiriente cuantos menos medios tenga la persona para hacerle frente y cuanto más grande y anónima sea.

Un paradigma tristemente clásico que muestra con claridad estos factores lo encontramos en las agresiones que sufrían los presos en los campos de concentración de los nazis. En primer lugar, ellos no tenían forma de hacer frente a sus agresores. En segundo lugar, las agresiones que sufrían eran continuas, fortuitas y anónimas (no importaba quién las infringía, ni a quién). El resultado era la indefensión objetiva y una impronta afectiva y personal enorme.

En la actualidad, precisamente, este modelo de agresión es el que se ejerce a través de las redes sociales. Y es que, en redes, basta un suceso, comentario u opinión interpretado inadecuadamente para que masas enfurecidas proyecten su ira de modo desmedido contra quien, en cada ocasión, sea considerado como el chivo expiatorio.

Y así, se perpetúa una agresión (contra el insultado, difamado o amenazado) a la cual es muy difícil hacer frente. Porque quien agrede por las redes suele parapetarse tras el anonimato y distancia que le ofrece la pantalla. Porque los “ataques”, casi siempre son agresiones irracionales, a-racionales, sin razones. Y porque, con frecuencia, lo que el agresor busca en estos casos no es justicia, ni aclarar una situación; sino más bien una excusa, un pretexto que le permita proyectar su malestar, su frustración o su rabia sobre otro.

Además, suele ocurrir que el agresor más feroz o activo en redes es aquel que pretende alcanzar mayor notoriedad, aquel que busca salir del anonimato y conseguir rédito social, aquel que desea ser aceptado, conocido, reconocido o valorado en ciertos ámbitos.

Y, por eso, ¿qué ocurre cuando un agredido entra en el juego de responder (tratando de dar razones o esclarecer lo ocurrido) a su agresor por redes? ¿Cómo suele acabar la lucha contra el gigante anónimo de los agresores en redes? El resultado de la batalla suele ser que el vilipendiado acaba recibiendo más insultos, más difamaciones y más amenazas; es decir, que respondiendo tan sólo consigue empeorar su situación. ¿Por qué? Porque nada va a hacer cambiar de opinión al agresor y, ante esto, una respuesta sólo proporciona más “leña al fuego”, ofrece la ocasión idónea para “incendiar” más las redes.

¿Qué medidas se deben tomar entonces? La primera y más urgente es la autoprotección del agredido, la cual implica siempre tomar distancia. ¿Y cómo se puede tomar distancia? Con “ayuno internáutico”, es decir, apartándose uno radicalmente del uso de las redes. Este alejamiento implica no sólo no contestar por escrito a cada agresión, sino no leerlas siquiera. Únicamente de esta forma será posible tomar distancia y calmar el malestar y la victimización. Incluso, llegado el caso, no estaría de más adoptar la medida que ya han tomado muchos ex youtubers y ex influencers: dejar las redes sociales, cortar definitivamente con ellas, cerrarlas para siempre.

Dejando de añadir combustible a la hoguera, esta terminará por extinguirse. Porque los mismos que hoy arremeten contra el famoso, contra el político, contra el policía, contra el empresario, contra el docente, contra el comerciante o contra el vecino, mañana lo harán con otro y se olvidarán de los primeros. Así funciona el mundo de las redes y, en general, los mass media. Todo termina por aburrir, siempre y cuando el agredido no entre en el juego del agresor.

Tras la toma de distancia, son necesarias medidas positivas de sanación afectiva y de autocuidado.

Porque, del mismo modo que cuando en los telediarios nos informan de modo continuo de malas noticias a todos los niveles, terminamos pensando y sintiendo que el mundo es hostil, si nos sometemos, de forma voluntaria, a leer sistemáticamente los improperios, ultrajes, groserías, oprobios e insultos que nos dedican otros, terminamos sintiéndonos gravemente agredidos e indefensos. Y, en estos casos, la toma de distancia de la fuente de agresión no es suficiente, sino que, para avanzar, también necesitamos dejarnos inundar de buenas noticias, en el primer escenario o de palabras amables, en el segundo.

Por tanto, la segunda medida de “primeros auxilios psíquicos” consistirá en dejar de aislarnos socialmente para, por el contrario, reestablecer todo tipo de vínculos interpersonales en los que podamos recibir y dar afecto verbalmente.

Pero esto ha de hacerse teniendo en cuenta una salvedad importante: en las conversaciones y encuentros con familia, amigos o compañeros, no habremos de convertir la agresión en el centro de atención. De hacerlo, con nuestra rumia tan sólo conseguiríamos agravar el problema.

De lo que se trata entonces, en nuestras interacciones, es de hablar de afectos compartidos, de interesarse por los otros, de utilizar un lenguaje positivo para hablar de situaciones positivas o de proyectos de futuro… Es el momento de bendecir, o sea, de decir a otros lo bueno que veo en ellos y de agradecer, en público, todo lo bueno que hay en mi vida y todos los dones que recibo cada día. 

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