A las personas que, por inmadurez, tienen miedo al compromiso, les cuesta decir “sí”. Todo lo que suponga la autolimitación (que, paradójicamente, es el único camino para el crecimiento personal) produce en ellas un rechazo visceral.

Pero en las antípodas de este fenómeno de rechazo al “sí” existe otro (también preocupante por los efectos destructores de quien lo experimenta): la aversión a decir “no”.

Este segundo fenómeno suele darse en personas de un perfil opuesto al primero, es decir, en personas comprometidas, que son capaces de vivir y desvivirse por otros, de luchar por ideales, de comprometerse en proyectos valiosos, de implicarse mucho en su familia o su empresa. Y esto denota un alto grado de madurez y de calidad personal, sin embargo, también puede traer consigo complicaciones si la persona no es capaz de poner un límite al número de estos compromisos.

La causa de esta actitud puede ser múltiple: el convencimiento, por educación, de que siempre ha de dar más de sí y cargarse con más trabajos. También puede producirse esta reacción para no producir descontento en otros (familiares, pareja, compañeros de trabajo, jefes…) o para evitar un rechazo o malestar por parte de ellos al recibir un “no” por respuesta. Es posible que lo que contribuya a esta actitud sea cierta falta de asertividad: prefiere cargarse de trabajo – ¡hasta explotar! – antes que tener que pasar por “el mal trago” de decir un “no”.

Pero, en estos contextos, aprender a decir “no” (no por pereza, sino para poder seguir diciendo “sí” a lo mucho que ya se ha asumido) supone una manera de autocuidado. No atreverse a decir “no” es una forma de descuido personal. Y, con esto llegamos al fondo; no decir “no” consiste, en realidad, en una falta de amor a uno mismo, una falta de philautía.

Para estas personas, que asumen trabajos y responsabilidades hasta que les para la ansiedad, el agotamiento, los estallidos de ira, los ataques bulímicos o un profundo malestar vital, resulta urgente aprender el arte de decir “no”.

Para ellos, debe haber una metanoia previa: darse cuenta de que decir “no” es una forma de ser fiel a lo que ya hemos dicho que “sí”. No es negación sino reafirmación de los compromisos ya adquiridos. De lo contario será frecuente que “desvistamos un santo para vestir a otro”.

En segundo lugar, es conveniente ensayar formas de decir “no”: primero por medio de la imaginación, poniéndonos en el caso. Después llegará el momento de decir que “no” de verdad. Este será el momento del aprendizaje más profundo. Igual que para aprender a nadar hay que lanzarse al agua, también para aprender a decir “no” hay que lanzarse y atreverse a hacerlo.

Así, para decir “no” a otro, lo primero que debemos hacer es tomarnos nuestro tiempo. Incluso, si queremos contestar rápidamente a quien nos ha hecho la propuesta, podemos comenzar diciéndole -ya previniéndole- que estamos encantados y agradecidos por el hecho de que haya pensado en nosotros, pero que en este momento necesitamos ver si nos es posible, habida cuenta de las ocupaciones que ya tenemos. Esto facilita y prepara el camino para una segunda interacción en la que le diremos que, como le habíamos adelantado en el primer contacto, finalmente nuestra agenda actual nos impide hacernos cargo de esta invitación que, en todo caso, de nuevo se la agradecemos. Existe también otra posibilidad más contundente: hacerlo, tras un tiempo de reflexión, de una vez.

No obstante, se haga en dos tiempos o directamente, es bueno seguir los siguientes tres pasos: Empezaremos diciendo a nuestro interlocutor que estamos muy agradecidos por su invitación. En segundo lugar, afirmaremos que no podemos asumir la invitación y daremos para ello una sola razón real (sin extendernos en muchas explicaciones porque, entonces, lo que digamos sonará a excusa). Terminaremos poniéndonos a su disposición para otra ocasión en la que le podamos serle de utilidad o ayuda y mostrándole que estaremos encantados de que esa posible colaboración llegue algún día.

Otra opción, en caso de que queramos colaborar, pero no podamos hacerlo cuando la persona nos lo pide es ofrecerle alternativas (fechas, modos, …) o bien hacerle una contraoferta, por ejemplo: Yo me encargo de una parte y tú (u otra persona) de esta otra.

Finalmente, la opción para experimentados (que sienta muy bien cuando se practica asiduamente) es ofrecer, sonriendo (si es en directo) y con sencillez una respuesta breve y contundente, sin más rodeos. La cual repetiremos en caso de que el interlocutor insista:

  • “No puedo, muchas gracias”.
  • “En este momento me es imposible, gracias”.
  • “Gracias por tu oferta, pero no la puedo asumir ahora”.
  • “No puedo, pero gracias por la propuesta”.
  • “Lo siento, pero no puedo aceptarlo. Gracias”.

Más allá de la “técnica” que se emplee, hay que dar estos pasos y llegar a decir un “no” claro, pero sereno y sonriente. Un “no” dicho desde el convencimiento de que, de esta forma, nos estamos cuidando, ya que estamos evitando una sobrecarga que nos destruye. Decir “no” es, por tanto, una forma de amor a uno mismo, que es la condición para el cuidado de otros. Es un modo de reafirmar nuestros compromisos y responsabilidades.

Tenemos que confrontar la idea errónea y tan arraigada en nosotros, de que decir “no” es una falta de afecto. Y si, en algún caso, obramos bajo el temor del malestar que pueda provocar nuestro “no” hemos de preguntarnos: “¿Y qué?”, tantas veces como haga falta.

Decir “no” a lo que no puedo o no debo no es algo “contra” nadie, sino aprender a vivir desde la verdad de lo que soy, asumiendo que no soy un dios, es decir, que tengo límites. Aprender que se tienen límites, por amplios que sean, resulta liberador.

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